martes, 20 de mayo de 2008

Los pecados capitales

Ira, envidia, avaricia, lujuria, orgullo soberbia, gula…. Suponemos, porque así nos lo han enseñado, a los cristianos al menos, que los pecados capitales son actos voluntarios que hay que mantener a raya a base de un control férreo. Suponemos también que la educación enseña a “domar” a esas bestias que pueden hacer de la convivencia una empresa insoportable. Y en el fondo de nosotros creemos que todos, y sobre todo los demás, controlamos bien poco a veces, esos pecados terribles, como la envidia, o la ira.
Conozco la historia de un bebé infeliz. Un niño que siendo el primogénito, con lo que eso de mimos y cuidados, a veces hasta excesivos conlleva, y demasiado pequeño como para haber aprendido a tener celos de algo o alguien que le pudiera hacer sombra , era un niño triste. Recuerdo que me llamaba la atención el mal humor que parecía tener a todas horas. Estando aún en el parquecito mantenía siempre el ceño fruncido y me sorprendía no haberlo visto casi nunca sonreír. Cuando nació su hermanito las cosas fueron a peor y en el colegio debió de ponerse el asunto feo cuando le aconsejaron a su madre un psicólogo infantil que determinara el carácter solitario, malhumorado, antipático y, lo que es peor, triste del pequeño. Pues bien, el diagnóstico fue: Celotipia.
Entonces mi razonamiento fue el siguiente; si cualquier niño puede nacer con este rasgo característico, ¿Es la envidia en realidad un pecado, o es una particularidad de la personalidad que ni siquiera, en este caso al menos, es aprendida?. Y si es así, ¿Qué es la envidia entonces; un pecado o una enfermedad?

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